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El cuento de sí misma se ocultó

en un abrir y cambio de luces

a rumiar aquello nublado.

Finge que lee lo alto:

hombre, Mujer, vejez,

dos perros, alas de cera,

Mujer.

 

No entiende. No pestañea.

Se aburre. No existe.

Simula otra vez.

Cualquier día, al abismo:

Oh, ¿un retorno?

Con misterio anulado

Con deuda confusa

desde la nube

se ve leyendo.

 

Se seca la fuga.

 

No volverá a ser

toda la nada

todo muriendo

todo el silencio

todo el umbral de Ícaro la Otra.

 

Y el cuento de sí misma

persistiendo en desmemoria

selectiva y ficticia

idéntica a su Otra

la Memoria que añora

la figura no fingida

la silueta navegante

se olvida del simulacro

se queda dormida en el mar

y la voz le habla en sueños:

Nada debe -oráculo de Safo-

quien nada existe.

Paranimbus

Esta diosa enferma

Este amor sin fondo

Este claro sueño

Esta no vigilia.

 

El no sepulcro

en añoranza

del no ser

en ausencia

del no sentir.

 

El no existir tuyo

por invento mío

cada media sombra

de palabra que transcurre

del reflejo que me piensa.

 

La música en foto y tempo,

eco penumbra,

croma polar.

La música en polvo y estrella

del sueño en viaje

del mar.

 

El periplo de la luz

por el cuerpo

disidente

allende el paralux

que le llama con sonidos

que dejé en este eterno

que soñé no aún soñar.

 

Así, paracaídas,

con todo y epitafio:

“Ese beso de gusano

en mis narices,

aquel amor falseado

ni agua ni arena,

esta pesadilla

del no despertar”.

Eterno retorno

“La ciudad es tan lluviosa”,

habla el amor que se diluye.

 

¿Para qué volver?

¿Por qué vuelve el viento?

 

Aquí hubo fuego sin cenizas.

Hubo que tragarlas

apenas se formaron.

 

Estarán en alguna parte de mi cuerpo,

del universo,

en alguna mancha oscura

que augura lo anónimo,

lo adverso.

 

Afuera le están soplando al dios

para ver si nos libera.

Fuerte y claro.

Para ver si asoman noches

pobladas de tierra y cieno.

 

Contar uno a uno

los caudales y los días.

 

Cicatrices

como el hogar.

Cantemos,

bailemos,

alrededor del diablo quieto.

 

¿Quién nos enseñó la nada?

La raíz de todo origen

La ciencia del pasado

La muerte de lo eterno

¡Amada, recordemos!

Tragaluz

La luz me sigue como sombra

con océanos de espadas a cuestas.

 

(¿Cuándo alcanzará la tortuga a la liebre?)

 

El exilio de la luz

me arrastra al matadero

del estoico abismo

que todo lo calla.

 

(¿Aún escuchas aquel piano?)

 

El mundo nos aclama

como el no ser

como el no parecer

Olvidamos y olvidamos

¿Cuándo enterramos a Ítaca?

 

(¿Qué escribes bajotierra, Bellamuerta?)

 

Mis palabras son mías y ajenas

públicas y privadas

vivas y muertas

libres y en pena

Yo soy yo y todos mis ocasos.

 

(¿Sueñan los mitos con piel de oveja?)

 

No me persigas

tan rápido como el terrible murmullo

de las gotas de las nubes del cielo

vacío.

 

(¿La máscara te encierra?)

 

La luz te mira con recelo

allá en el pulsar.

 

(¿El cordero se habrá comido a la flor?)

 

Soy profeta de una cosa:

la duda sin muerte,

y la trabajo

por la destrucción de cada una

en su memoria de la luz

de la matriz

de la raíz

del cambio.

 

(¿Por qué se extinguen tan pronto las luciérnagas?)

 

La sombra me acecha como lince a flama,

mientras busco aquella que duerme

el cielo que no viaja

la luz adentro.

Anti-imagen

A veces todo radica en pensar más como creer.

La creencia a punta de despertar.

 

No necesitamos el sueño de la enana blanca,

sino ojos que crean

en la luz que entrará a través de ellos.

 

La mujer cíclica envuelta en luz y oscuridad,

deseo y muerte,

tan vista y novedosa,

tan triple y desistida.

 

Perturbaciones córneas que no atrapan sino

treinta y tres vicios

escalonados

del universo,

tan breve como se olvidan.

 

Donde habitan los contornos

de un tacto apenas perceptible,

ligero.

 

Veamos si los ojos son suficientemente circulares

para regresarnos al mismo brillo siempre

y no morir en el intento.

 

Ojos como el abismo, los ojos como el Aleph.

 

A ver si las manos son lo suficientemente amplias

como para cubrir todo un cuerpo de una vez.

 

En ese punto se unirán todas las líneas del horizonte.

6/7

Invoco tus labios
negros, blancos,
el tempo ambiguo
de rag y blues.

Manéjese con cuidado:
esta luz roja
sucede cada millón
de azul y verde.

Invoco al duunvirato:
el olfato del sonido
la maravilla de la vista
en el soplo del tacto.

Invoco tu prisma
captura abierta
de cuerpo y árbol
de tierra y niebla,
enfocado a grandes voces
y llamativas córneas
de hermosas notas al aire
entre ciclos revolventes.

Y justamente,
violetamente,
a tres cuartos
a dos silencios,
ad infinitum,
ésta eres tú.

Profesión de caída

La creencia,
ojos de lobezno,
es un sutil tono
acuoso,
mediato,
a pulso ganado.

No bien
—si aún escuchas—
repitiendo
el pacto roto.

Sólo quedan rastros
que no consiguen
sombra.

Mientras tanto,
productores
consumidores
se piensan mutuos
lejos.

El objeto no quería
llegar a la basura
del espejo
en el espejo
en el monstruo
a sí mismo.

En vano le rehúyes.
Es tan súbito
como un segundo olvidado.
Le sueñas
como quien espera
el presente
por futuro y antes
tan absurdo
como colibrí.

Como páginas
de las que cortas listones
y vendes entradas
y tu nombre no se lee.

Cuando se anuncie la huída,
burlarás todo
para volar
y caerás torpemente en mí.

Ni siquiera
el resquicio te tolera,
me lloro de ti.
De esto han edades
y el cielo rojo sobre Berlín
y la existencia desoladora
de cenizas que hablan.

A veces,

zumbas tan seguido,

y me parece leerte

en toda voz.

 

No te suceden ya

la música

las lámparas.

Te consumes

con sigilo.

 

¿Quién es aquella

con nombre

de séptimo sello

y cuarto jinete?

 

“Lo he olvidado”,

te contestas sola.

 

¿Quién no es

la joven con corona

de escamas

temprana de atrapar

y liberarla

y hacernos un favor?

 

¿Quién es

la hermosa de la Minueta

en el anexo

forjada?

 

¿Quién la rosa que brilla

y hace gotas en lo muerto?

 

Bellamuerta,

Bellamuerta,

tanto tiempo…

Nocturno Otoño

La voz desde la muerte

aparece invariable una noche de otoño

(¿por qué no invierno? ¿por qué no verano?)

 

La voz del monstruo

Me susurra que nadie puede

morir dos veces.

 

Hay quien murió una vez

con causa justa

 

La voz escasa

de esas letras

bajan

y baja

de nuevo

 

De pronto

sólo existe la moral

del derrocado

 

“El gladiador absurdo”,

piensa el monstruo,

y traga guijarros de luz

 

No hay ningún temor,

prodigio o maravilla

(Nadie ama

lo enterrado bajo la tierra)

 

¿El monstruo?

¿Otoño?

Periodo.

El vuelo emprendido

en una bandada de golondrinas

deja rastros de tiempo.

 

Un pequeño colibrí azul, gris,

en torpe camino a Egipto

no hace tormenta alguna.

 

Si desnudas a una mujer,

en cambio,

brillan todos los asteroides en uno.

 

Y no hay osa mayor ni menor,

arriba o abajo,

sol y luna.

 

Te sorprende lo que brilla

en un campo de trigo,

o en una servilleta

modelada como rosa.

 

Lo esencial es visible en las notas

que por arte de magia

atrapaste en el viento.

 

Han pasado

más de cuatro infinitos,

flores y estaciones

contradictorias.

 

Han pasado

serpientes y planetas.

 

Aquí en el asteroide

te espera un faro encendido.

Soy responsable de mi flor.

 

¡Buenos días!

¡Buenas noches!