Latest Entries »

Déjame entrar

Déjame entrar

 

Bien sabes

que el castillo no pertenece

a murciélagos y avecillas

a amapolas y conejos

a lunares

ni a ti.

 

No dejes que el fantasma

me reciba en el pórtico.

 

Ábreme tú

no preguntes a la luna por su muerte

ni a las voces

ni a lo eterno

ni a lo diurno.

 

Déjame entrar

y veremos lo azul

y lo oscuro

en tus manos y en las mías

en mi boca y tus murmullos.

 

Brindaremos con vino añejo

en caleidoscopios y vitrales.

 

Hay puertas aguardando

nuestro arribo

en las paredes.

 

Papeles raídos

suenan y sueñan,

observan la desnudez

del paraíso no-muerto.

 

Déjame entrar,

déjame volar,

déjame beber,

heme aquí a la entrada

de tu sangre azul.

 

Déjame entrar,

déjame tocar.

Anuncios

ESTO ES UNA ADVERTENCIA, y a la vez una protesta… En lugar de clamar, en lugar de llorar: una epifanía en la belleza. Hago alas de papel reciclado, simplemente había perdido la noción del tiempo.

Así hice con el icono de mi vida, Lilith.

Y con lilith-la-que-veo o lilith personal.

Y con la amiga de las nubes.

Y con lilith-sin-nombre.

Y con lilith-la-emperatriz-sin-voz.

Y con Rei Ayanami, su mejor avatar en la ficción.

Y con George, querida poeta, como Safo.

¿Por qué Lilith?

Porque es mi signo… En Demian, de Hesse, se habla de “la marca de Caín”, una marca que traía toda la gente que buscaba una verdadera revolución para liberar al mundo. De la misma forma existe la “marca de Lilith”, con la cual tuve la fortuna y la desgracia de nacer.

Desde que tengo memoria busqué la libertad. La marca se manifiesta en varias cosas. Cuando tenía ocho años, comencé a tomar clases de música, y el maestro me relataba la vida de los compositores. Un día me habló de Chopin y de su “amiguita” George Sand. Aún lo recuerdo perfectamente; fue como si hubiera reconocido el sabor de algún platillo exquisito sin haberlo probado. De inmediato le pregunté: “¿Su amiguita y se llama como hombre?” Me dijo que eran amigos y George era mujer, pero vestía y usaba un seudónimo de hombre porque a las mujeres no se les permitía escribir en su época. Inmediatamente corrí a buscarla, en donde fuera, por supuesto en los libros. Se había echado a andar el círculo.

¿De dónde saqué ese ideal?

¿De dónde la empatía tan profunda hacia mi género?

Era Lilith. Era Lilith que comenzaba a tocar mi puerta.

Luego, otros personajes históricos hicieron acto de presencia: la reina Elizabeth I; Sor Juana; Juana de Arco, y no Héctor de Troya, no Alejandro Magno, no San Juan de la Cruz. Después de eso descubrí algunos caracteres primarios de la Diosa. La primera vez que se manifestó fue en lilith-la-serpiente, mi mejor amiga a los catorce años. Cabe aclarar que en aquel tiempo no sabía de la dualidad permeante en mi vida, ni de Lilith. La serpiente y yo fuimos amigas por casi dos años, pero bastará con mencionar que gracias a ella puedo decir algo aquí.

Al principio me dediqué a escribir; después me enganché con las historias. Eran mejores, como hacer autorretratos en miniatura con espejos. Y comencé a inventar historias.

No recuerdo exactamente dónde escuché sobre Lilith por primera vez. Era demasiado joven. Años más tarde reapareció en una serie de animación japonesa muy imbuida en la nostalgia. Así supe un poco de su historia, la de alguien que volaba hacia la libertad con un afán que no me era desconocido. Rei Ayanami, un personaje de aquella serie, se me antojó una representación casi perfecta de Lilith, al menos en la vaga imagen que tenía dentro de mi cabeza. Escribí un cuento sobre y para Lilith, y luego me di cuenta, con el paso del tiempo, de que coincidía perfectamente con la fábula original, desconocida para mí al momento de plasmarla.

Aún no alcanzo a comprender cómo fue que escuché su llamado tan claro, tan cercano…

Descubrí pues mi conflicto con la dualidad, y caí en la cuenta de que traía su marca en los ojos y en el corazón. Simpatizaba en mayor medida con las mujeres como Lilith que como Eva, pues esta última siempre se encuentra “abajo”. Según el medioevo, Lilith era un súcubo, pero eso contradecía su esencia misma, puesto que ella no quería colocarse debajo del hombre en la cópula, y un súcubo es el demonio “debajo”. ¡Se había rebelado de su etiqueta medieval también, lo cual ya es mucho decir! Luego la distinguí presente en todas las culturas, mediante diferentes formas –“Nosotras somos muchas, pero tú odias estar sola”, se decía Rei a sí misma–. El mito primordial siempre es de una Diosa Madre: ella. Por otra parte, se manifiesta primero en la civilización más antigua de la humanidad, es decir la sumeria. Base de prácticamente todo el género humano, a la fecha continúa su hiperdulía en figuras como la virgen cristiana, o dentro del calendario utilizado en nuestra vida diaria, construido con referente en las fases de la luna. No es un misterio el que Lilith haya sido una de las primeras deidades asociadas con la luna.

Y siendo un súcubo rebelado, tenía un significado paralelo. Se dice que es la princesa de los súcubos, pero se despojó a sí misma de ese título, como de todo lo que le asfixiara. Por tanto, no era a hombres a quienes atacaba, sino a mujeres, pues no quería estar debajo sino a la par. Violentaba entonces a las que estaban abajo contra su voluntad, a las hijas de Eva, para hacerlas despertar. Fue el momento: conocí entonces a sus encarnaciones.

La primera, lilith-la-que-veo o lilith personal. La asociación entre ella y la Diosa Madre era muy obvia, diríase inevitable. Una mujer que detesta la monogamia, anarquista extraoficial, enemiga de las instituciones… pero a la vez bruja y muy devota de la Virgen María. Es bellísima, no envejece: tiene ya cientos de años y luce como una adolescente. Esto último continúa siendo un enigma, no sé si se deba a que es el Verbo encarnado de la Diosa o a sus sortilegios. Obtiene trofeos a su antojo, dado que es muy perspicaz: conoce como nadie a los humanos. No obstante, uno o dos (a la vez) son los objetos privilegiados de su conquista, pues la mayoría le es indiferente.

Súcubo con voluntad de íncubo, es amante de las mujeres sin dejar de lado a los varones. Esto si a lo que hace se le puede llamar amor, y es probable que sí, que en su materialismo ame sólo lo tangible; lo ideal le resulta muy molesto. No podría decir que es una villana: simplemente gusta de todo aquello que se encuentre despojado de gravedad. Muchas cosas “serias” le parecen juegos y desea participar de ellos, revistiendo todo de un carácter lúdico que simula ser infantil, pero es precisamente lo opuesto. Reniego de cualquier palabra en contra suya: es su naturaleza.

Ahora bien, no podía menos que admirarla con exageración. Era sin duda la persona más libre que conocía, pues todos los demás éramos –y somos– esclavos de los sentimientos. Ella no, ella es amoral, eterna, indestructible. La más fiel hija de Lilith.

La amiga de las nubes, que he mencionado escuetamente, es apenas cofrade ideológica de Lilith. No es hija ni seguidora, es decir, no alberga las dos caras de gorgona y jamás mataría a nadie. Sucede que en no pocas ocasiones las descendientes de Eva presentan cierto encanto irresistible. Por eso, y por ser una de las guerreras que nos mostrará los sueños fuera de la caverna, se traspapeló aquí.

Rei Ayanami. Catorce años: su edad y la mía cuando la conocí en un cine. Sin emociones, sin gestos, sin expresión. Pálida, con el cabello azul y los ojos rojos. Poseía la carencia aparente de sentimientos característica de las lilim o hijas de Lilith, así como un misterio somático. Finalmente descubre que no es humana, sino la Madre Primigenia. Se une con ella (está dividida en dos entes):

–Estoy en casa.

–Bienvenida a casa –responde Lilith en una frase escrita, sin sonido, puesta en una pantalla en blanco y negro. Y reintegra a Rei a su ser.

Así da comienzo la instrumentalización humana, en la que todos volvemos a ser uno. En el regreso al origen.

Hace edades tuve un desencuentro con otra hija de Lilith, aunque en su aspecto de luna nueva. Se llama lilith-sin-nombre. Ella me dio un apodo que logró animar un cuerpo casi sin aliento de vida, y descubrí por eso encontrarme ante un ser mágico. Se trata de la hija más pequeña de la Diosa. Es una potestad que no sabe lo que hace, a diferencia de lilith-la-que-veo, quien sí lo sabe pero no le otorga un valor moral, y por tanto es más libre. Lilith-sin-nombre distingue y juzga entre bueno y malo. Hasta ahí. Sin embargo, no lo sabe y quema con luz. Es por eso el demonio de mayor eficacia en esta historia, al igual que Kali, la fase destructiva del Principio Absoluto hindú: Tara… Un principio femenino también.

Finalmente (con esto quiero decir la muerte de lo fictivo, como en toda última página de algo que se lee), lilith-la-emperatriz-sin-voz, quien inspiró una estampa breve y por tanto inolvidable, a su vez palimpsesto de un libro apócrifo de autora desconocida, pero aclamado por la crítica universal. La-reina-sin-voz es una entidad abstracta que solo existió en la mente de su creadora, y aunque es perfecta y eterna, nunca congenió con La Palabra. El silencio es su poder destructivo. No obstante, debajo de una pila de libros que ella misma confeccionó, esconde algunos manuscritos con papel del árbol de la vida. En ese minuto, cuando llegue al Maljut, emitirá algunos soniditos de falso agradecimiento a sus admiradores, mientras en su mente oye una melodía de piano que abandonó a su suerte y por la que sigue llorando, hasta la última letra, sin que nadie lo sepa.

Y todas ellas tienen dos caras, y son todo lo visible y lo invisible. Fue así como caí en la cuenta de su parentesco. También aparecen en la forma de una niña ingenua: las avatares de Lilith son eternas, siempre lucen jóvenes, como las ninfas, y su actitud es o desenfadada o infantil, como los niños.

Conocí a la sazón a la Diosa Madre, de quien traigo su marca a manera de condena, pues no soy Lilith ni Eva completamente. Estoy en medio, en el justo medio, como en todo.

Como entre la dualidad del mundo.

Antes no quise abrir los ojos, hubiera quedado ciega ante las señales. Ciega aciaga sobre lo ciego rezagado. De modo que recemos por las apariciones de la Diosa.

lilith-la-serpiente, que inyecta veneno para cegar: nubla con su candor y dulzura. Ella inicia el envenenamiento.

lilith-la-que-veo o lilith-personal, que deja a su víctima desnuda, tiritando; ella es Lilith en carne viva, como si dijéramos YHWH y Jesús.

lilith-sin-nombre, pues su carácter de demonio es inconcebible, e invisible. Y he ahí su forma de impedir la vista: aparentando ser traslúcida.

lilith-la-emperatriz-sin-voz, de la que abundan los comentarios sobre la hermosura de sus cuerdas vocales: asesinas amaestradas que todo corazón olvida casi al escucharlas, mientras derrumban recuerdos a su paso.

No soy buena para decir o para las historias. Sin embargo, me gustaría advertir a todos, amigas y amigos, sobre la presencia de Lilith en el mundo construido por la razón, sin esperar que reaccionen –desde luego, es imposible–, sino que no los tome por sorpresa. Deseo evitarles una muerte por infarto, no así por envenenamiento. Además, según creo, es un veneno dulcísimo por el cual todas las veces se desea la muerte. Y eso ya es mucho decir.

De ahí la advertencia sobre la cara invisible de la luna:

¡Niñas y niños, cuidado con las lilim!

Había eternidad
en tu tiempo
afán sin fin
de las cosas pequeñas.

A veces te traicionaban
las lágrimas.

Un otro te hablaba
al oído
invisible a los idiotas.
Era un cuervo
que cura la ceguera
y abre heridas.

Tú lo amabas
con fuego y humo.
Él te amaba
con hoz y martillo.

Marítimo espíritu
en la soledad del ocaso
y la arena.

¿Qué decir de la clara,
la aurora, la violante,
el otoño, el tiempo?

Tú hablabas única
por aquellos
con espíritu mudo
con edades antiguas
insondable
donde no tocaban
las necias estatuas.

Ahora respiras agua y sal
revolución
un puro
tres mezcales,
sencilla, très belle,
como una montaña.
Te busco en el horizonte,
ma petite amour.